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Largas filas, poca distancia social y mucha escena local: fallos y aciertos en el inicio de la temporada de festivales de música en Europa

Los primeros eventos de más de 20 mil personas volvieron a España esta semana, con cuidados extremos y un poco de temor, mientras el Viejo Continente transita la quinta ola de coronavirus

“Sabemos que nos hemos hecho un test de antígenos y que estamos en el exterior, pero es necesario que todos nos pongamos la mascarilla FFP2 que os entregamos en la entrada del festival. La mascarilla es parte del protocolo que nos permite vivir esta experiencia. Usémosla por respeto a los demás y por amor a la música”. Con este texto en sus cuentas oficiales, la producción del festival Cruïlla de Barcelona animó a la gente a portarse bien. Pero la responsabilidad no estuvo solo en el público: la producción de un festival de esas características, el primero sin distancia social todavía en pandemia, fue todo un desafío.

El Cruïlla se hace en la capital de Cataluña desde 2005 y, como su nombre en catalán lo indica, es un “cruce” de estilos, artistas, culturas. Justamente por eso siempre ha sido un atractivo para fanáticos de la música de otras partes del mundo y un peligro para la expansión del coronavirus en esta etapa (¿será la final?) de la pandemia.PlayLa previa del Cruïlla en Barcelona (YouTube)

Mientras Europa transita la quinta ola, mira con desconfianza los números de España: desde el inicio de la pandemia van 3.937.192 casos de coronavirus y la incidencia acumulada actual es de 316,17 casos por cada 100 mil habitantes. Argentina supera esa cifra con 595,61 por cada 100 mil. España tiene una cifra alta (aunque es casi la mitad de la de Argentina), pero también tiene un pro y es que el 50 por ciento de la población española ha completado el ciclo de la vacunación, mientras que la argentina todavía no llega al 11 por ciento.

Estas cifras que son malas, pero no tan malas (16 muertos por coronavirus en España en el promedio de una semana, contra 447 por semana de Argentina) animan al sector del entretenimiento a retomar la marcha y así llega el Cruïlla para desarrollarse el 8, el 9 y el 10 de julio con 25 mil personas por fecha, sin distancia social y mil cuidados. Aunque es obligatorio ir con barbijo, para acceder al recinto la organización reparte de forma gratuita mascarillas FFP2 en la entrada y si en algún momento hay que cambiarla, habrá puntos específicos donde poder hacerlo.

No importa que los asistentes estén vacunados y que lleven tapaboca, todos en el festival deben hacerse un test para poder entrar, incluidos los niños que vayan acompañando a un mayor. Para eso, la producción tiene habilitado un espacio en el Centre de Convencions Internacional de Barcelona (CCIB) para hacer los test. Obviamente, solo las personas cuya prueba sea negativa tendrán la posibilidad de entrar al festival. El sistema resulta bastante bien: después de comprar las entradas, el asistente recibe un email con los datos para poder reservar online un turno para su cribado. ¿Y aquel que vaya los tres días? Deberá hacerse un test cada día antes de entrar, el precio está incluido en la entrada… Sarna con gusto no pica.

Con todos estos cuidados, el festival celebrado en el Parc del Fòrum registró a las 21 horas del jueves que hubo 123 positivos de coronavirus entre los primeros 13 mil asistentes. Esa no fue la única mala noticia, también el positivo de Sergi Sala, de la banda hiphopera Senyor Oca, les quitó la posibilidad de abrir el festival. La apertura quedó en manos de Xavi Ojeda aka Sr. Wilson. Los talentos son locales ya que los artistas de fuera de España todavía están cautelosos con viajar hacia otros países.

Incluso el Cosquín Rock que iba a tener una celebración inaugural a todo vapor en Fuengirola, Málaga, se conformará con un Pre Cosquín: el 31 de julio con La Maravillosa Orquesta del Alcohol (de Burgos) y el 1 de agosto con los madrileños de Sidecar. Aunque son dos grandes exponentes del rock español, el cartel con los nombres argentinos quedará relegado para más adelante.

Todo comenzó con el Vida

Una semana antes de la vuelta del Cruïlla, se llevó a cabo -no sin algunos tropiezos- el Vida Festival en la Masia d’en Cabanyes, en Vilanova i La Geltrú. Diez mil personas por día (del viernes 2 al domingo 4) hicieron toda una revolución para estos tiempos que corren. Los asistentes también tuvieron que realizarse un test de antígenos antes de entrar, pero un fallo del sistema de validación de los códigos QR de las aplicaciones que iban a registrar esos resultados provocó retrasos y enojos que se manifestaron en redes sociales.

En Twitter, muchos usuarios mostraron imágenes de los sanitarios (más de cien) con los brazos cruzados porque sus dispositivos electrónicos no podían leer las aplicaciones de los asistentes. Cuando a las 10 de la noche los profesionales de la salud terminaron su jornada laboral, el testeo empezó a ser realizado por voluntarios. Las demoras y el descontento se multiplicaron y muchos volvieron a casa después de haber perdido un montón de tiempo y sin poder entrar al festival que tenía un cartel impresionante: jueves 1 con Vetusta Morla, viernes 2 con Nathy Peluso y sábado 3 con Love of Lesbian.PlayVetusta Morla en el Vida Festival, en Vilanova (YouTube)

Lo cierto es que a pesar de las fallas, este operativo había sido el primero de una serie de eventos que tendrán incorporada esta modalidad de testeos, QR, enfermeros y aplicaciones. Como resultado del cribado en el primer día del festival, se registró un total de cinco positivos entre los 8.200 asistentes y otros dos entre los 1.200 trabajadores del festival (asistentes, encargados de prensa, músicos).

Otro de los festivales multitudinarios y sin distancia social que se realizó a comienzos de este mes fue el CanetRock aunque al igual que el Cruïlla sufrió una baja. La banda valenciana Zoo, una de las que encabezaba el cartel, tuvo que suspender su show por casos de covid en el equipo.

Después de un año y medio con una industria del espectáculo devastada, la vuelta de los festivales trae una luz de esperanza para lo que viene, una nueva normalidad que no es nada simpática, pero a la que habrá que acostumbrarse.

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